Página católica

jueves, 30 de septiembre de 2021

 


CARTA APOSTÓLICA

SCRIPTURAE SACRAE AFFECTUS

DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
EN EL XVI CENTENARIO DE LA MUERTE DE SAN JERÓNIMO
 

Una estima por la Sagrada Escritura, un amor vivo y suave por la Palabra de Dios escrita es la herencia que san Jerónimo ha dejado a la Iglesia a través de su vida y sus obras. Las expresiones, tomadas de la memoria litúrgica del santo[1], nos ofrecen una clave de lectura indispensable para conocer, en el XVI centenario de su muerte, su admirable figura en la historia de la Iglesia y su gran amor por Cristo. Este amor se extiende, como un río en muchos cauces, a través de su obra de incansable estudioso, traductor, exegeta, profundo conocedor y apasionado divulgador de la Sagrada Escritura; fino intérprete de los textos bíblicos; ardiente y en ocasiones impetuoso defensor de la verdad cristiana; ascético y eremita intransigente, además de experto guía espiritual, en su generosidad y ternura. Hoy, mil seiscientos años después, su figura sigue siendo de gran actualidad para nosotros, cristianos del siglo XXI.

Introducción

El 30 de septiembre del año 420, Jerónimo concluía su vida terrena en Belén, en la comunidad que fundó junto a la gruta de la Natividad. De este modo se confiaba a ese Señor que siempre había buscado y conocido en la Escritura, el mismo que como Juez ya había encontrado en una visión, cuando padecía fiebre, quizá en la Cuaresma del año 375. En ese acontecimiento, que marcó un viraje decisivo en su vida, un momento de conversión y cambio de perspectiva, se sintió arrastrado a la presencia del Juez: «Interrogado acerca de mi condición, respondí que era cristiano. Pero el que estaba sentado me dijo: “Mientes; tú eres ciceroniano, tú no eres cristiano”»[2]. San Jerónimo, en efecto, había amado desde joven la belleza límpida de los textos clásicos latinos y, en comparación, los escritos de la Biblia le parecían, inicialmente, toscos e imprecisos, demasiado ásperos para su refinado gusto literario.

Ese episodio de su vida favoreció la decisión de consagrarse totalmente a Cristo y a su Palabra, dedicando su existencia a hacer que las palabras divinas, a través de su infatigable trabajo de traductor y comentarista, fueran cada vez más accesibles a los demás. Ese acontecimiento dio a su vida una orientación nueva y más decidida: convertirse en servidor de la Palabra de Dios, como enamorado de la “carne de la Escritura”. Así, en la búsqueda continua que caracterizó su vida, revalorizó sus estudios juveniles y la formación recibida en Roma, reordenando su saber en un servicio más maduro a Dios y a la comunidad eclesial.

Por eso, san Jerónimo entra con pleno derecho entre las grandes figuras de la Iglesia de la época antigua, en el periodo llamado el siglo de oro de la patrística, verdadero puente entre Oriente y Occidente: fue amigo de juventud de Rufino de Aquilea, visitó a Ambrosio y mantuvo una intensa correspondencia con Agustín. En Oriente conoció a Gregorio Nacianceno, Dídimo el Ciego, Epifanio de Salamina. La tradición iconográfica cristiana lo consagró representándolo, junto con Agustín, Ambrosio y Gregorio Magno, entre los cuatro grandes doctores de la Iglesia de Occidente.

Mis predecesores también quisieron recordar su figura en diversas circunstancias. Hace un siglo, con ocasión del decimoquinto centenario de su muerte, Benedicto XV le dedicó la Carta encíclica Spiritus Paraclitus (15 septiembre 1920), presentándolo al mundo como «doctor maximus explanandis Scripturis»[3]. En tiempos más recientes, Benedicto XVI expuso su personalidad y sus obras en dos catequesis sucesivas[4]. Ahora, en el decimosexto centenario de su muerte, también yo deseo recordar a san Jerónimo y volver a proponer la actualidad de su mensaje y de sus enseñanzas, a partir de su gran estima por las Escrituras.

En este sentido, puede conectarse perfectamente, como guía segura y testigo privilegiado, con la XII Asamblea del Sínodo de los Obispos, dedicada a la Palabra de Dios[5], y con la Exhortación apostólica Verbum Domini (VD) de mi predecesor Benedicto XVI, publicada precisamente en la fiesta del santo, el 30 de septiembre de 2010[6].

De Roma a Belén

La vida y el itinerario personal de san Jerónimo se consumaron por las vías del imperio romano, entre Europa y Oriente. Nació alrededor del año 345 en Estridón, frontera entre Dalmacia y Panonia, en el territorio de la actual Croacia y Eslovenia, y recibió una sólida educación en una familia cristiana. Según el uso de la época, fue bautizado en edad adulta, en los años en que estudió retórica en Roma, entre el 358 y el 364. Precisamente en este periodo romano se convirtió en un lector insaciable de los clásicos latinos, que estudiaba bajo la guía de los maestros de retórica más ilustres de su tiempo.

Al finalizar los estudios emprendió un largo viaje a la Galia, que lo llevó a la ciudad imperial de Tréveris, hoy Alemania. Allí entró en contacto, por primera vez, con la experiencia monástica oriental difundida por san Atanasio. De este modo maduró un deseo profundo que lo acompañó a Aquilea donde inició con algunos de sus amigos «un coro de bienaventurados»[7], un periodo de vida en común.

Hacia el año 374, pasando por Antioquía, decidió retirarse al desierto de Calcis, para realizar, de forma cada vez más radical, una vida ascética, en la que estaba reservado un amplio espacio al estudio de las lenguas bíblicas, primero del griego y después del hebreo. Se confió a un hermano judío, convertido al cristianismo, que lo introdujo en el conocimiento de la nueva lengua hebrea y de los sonidos, que definió «palabras fricativas y aspiradas»[8]

Jerónimo eligió y vivió el desierto, con la consiguiente vida eremítica, en su significado más profundo: como lugar de las elecciones existenciales fundamentales, de intimidad y encuentro con Dios, donde a través de la contemplación, las pruebas interiores y el combate espiritual llegó al conocimiento de la fragilidad, con una mayor conciencia de los límites propios y ajenos, reconociendo la importancia de las lágrimas[9]. Así, en el desierto, experimentó concretamente la presencia de Dios, la necesaria relación del ser humano con Él, su consolación misericordiosa. A este respecto, me gusta recordar una anécdota, de tradición apócrifa. Jerónimo le dijo al Señor: “¿Qué quieres de mí?” Y Él le respondió: “Todavía no me has dado todo”. “Pero, Señor, yo te di esto, esto y esto…” —“Falta una cosa” —“¿Qué cosa?” —“Dame tus pecados, para que pueda tener la alegría de perdonarlos otra vez”[10].

Volvemos a encontrarlo en Antioquía, donde fue ordenado sacerdote por el obispo Paulino, después en Constantinopla, hacia el año 379, donde conoció a Gregorio Nacianceno y prosiguió sus estudios; se dedicó a traducir del griego al latín importantes obras (las homilías de Orígenes y la crónica de Eusebio), respiró el clima del Concilio celebrado en esa ciudad en el año 381. En esos años, su pasión y su generosidad se revelaron en el estudio. Una bendita inquietud lo guiaba y lo volvía incansable y apasionado en la búsqueda: «Cuántas veces me desanimé, cuántas desistí para empezar de nuevo en mi empeño de aprender», conducido por la “amarga semilla” de semejantes estudios para poder recoger “dulces frutos”[11].

En el año 382 Jerónimo volvió a Roma y se puso a disposición del papa Dámaso quien, valorando sus grandes cualidades, lo nombró su estrecho colaborador. Aquí Jerónimo se dedicó a una actividad incesante, sin olvidar la dimensión espiritual. En el Aventino, gracias al apoyo de mujeres aristocráticas romanas, deseosas de elecciones evangélicas radicales, como Marcela, Paula y su hija Eustoquio, creó un cenáculo fundado en la lectura y el estudio riguroso de la Escritura. Jerónimo fue exegeta, docente, guía espiritual. En ese tiempo comenzó una revisión de las anteriores traducciones latinas de los Evangelios, y quizá también de otras partes del Nuevo Testamento; continuó su trabajo como traductor de homilías y comentarios escriturísticos de Orígenes, desplegó una intensa actividad epistolar, se confrontó públicamente con autores heréticos, a veces con excesos e intransigencias, pero siempre movido sinceramente por el deseo de defender la verdadera fe y el depósito de las Escrituras.

Este periodo intenso y prolífico se interrumpió con la muerte del papa Dámaso. Se vio obligado a dejar Roma y, seguido por algunos amigos y mujeres deseosas de continuar la experiencia espiritual y el estudio bíblico que habían comenzado, partió hacia Egipto —donde conoció al gran teólogo Dídimo el Ciego— y Palestina, para establecerse definitivamente en Belén en el año 386. Retomó sus estudios filológicos, arraigados en los lugares físicos que habían sido escenario de esas narraciones.

La importancia que daba a los lugares santos se evidencia no sólo por la elección de vivir en Palestina, desde el año 386 hasta su muerte, sino también por el servicio a las peregrinaciones. Precisamente en Belén, lugar privilegiado para él, cerca de la gruta de la Natividad fundó dos monasterios “gemelos”, masculino y femenino, con albergues para acoger a los peregrinos venidos ad loca sancta, manifestando así su generosidad para alojar a cuantos llegaban a aquella tierra para ver y tocar los lugares de la historia de la salvación, uniendo de este modo la búsqueda cultural a la espiritual[12].

Poniéndose a la escucha, Jerónimo se encontró a sí mismo en la Sagrada Escritura, como también el rostro de Dios y de los hermanos, y afinó su predilección por la vida comunitaria. De ahí su deseo de vivir con los amigos, como en los tiempos de Aquilea, y de fundar comunidades monásticas, persiguiendo el ideal cenobítico de vida religiosa que ve al monasterio como “lugar de entrenamiento” donde formar personas «que se hayan hecho los más insignificantes de todos para merecer ser los primeros», felices en la pobreza y capaces de enseñar con el propio estilo de vida. De hecho, consideraba formativo vivir «bajo la disciplina de un solo padre y en compañía de muchos hermanos» para aprender la humildad, la paciencia, el silencio y la mansedumbre, consciente de que «a la verdad no le gustan los rincones ni le hacen falta los chismosos»[13]. Además, confiesa que comenzó a «sentir […] nostalgia de las celdas del monasterio y a echar de menos la similitud de aquellas hormigas con los monjes, entre los cuales se trabaja en común y, aunque nada sea propiedad de cada cual, todos lo tienen todo»[14].

Jerónimo no encontró en el estudio un deleite efímero centrado en sí mismo, sino un ejercicio de vida espiritual, un medio para llegar a Dios y, de este modo, su formación clásica se reordenó también en un servicio más maduro a la comunidad eclesial. Pensemos en la ayuda que dio al papa Dámaso, en la enseñanza que dedicó a las mujeres, especialmente para el hebreo, desde el primer cenáculo en el Aventino, hasta hacer entrar a Paula y Eustoquio en «las discrepancias de los traductores»[15] y, algo inaudito para ese tiempo, permitirles que pudieran leer y cantar los Salmos en la lengua original[16]

Una cultura, la suya, puesta al servicio y confirmada como necesaria para todo evangelizador. Así le recordaba al amigo Nepociano: «La palabra del presbítero está inspirada por la lectura de las Escrituras. No te quiero ni declamador, ni deslenguado, ni charlatán, sino conocedor del misterio e instruido en los designios de tu Dios. Hablar con engolamiento o precipitadamente para suscitar admiración ante el vulgo ignorante es propio de hombres incultos. El hombre de frente altanera se lanza con frecuencia a interpretar lo que ignora, y si logra convencer a los demás, se arroga para sí mismo el saber»[17].

Hasta su muerte en el año 420, Jerónimo transcurrió en Belén el periodo más fecundo e intenso de su vida, completamente dedicado al estudio de la Escritura, comprometido en la monumental obra de traducción de todo el Antiguo Testamento a partir del original hebreo. Al mismo tiempo, comentaba los libros proféticos, los salmos, las obras paulinas, escribía subsidios para el estudio de la Biblia. El trabajo valioso que se encuentra en sus obras es fruto del diálogo y la colaboración, desde la copia y el análisis de los manuscritos hasta su reflexión y discusión: Para estudiar «los libros divinos yo nunca he confiado en mis propias fuerzas ni he tenido como maestra mi propia opinión, sino que he solido preguntar incluso sobre aquellas cosas que yo creía saber, ¡cuánto más sobre aquellas de las que yo estaba dudoso!»[18]. Por eso, consciente de sus propios límites, pedía auxilio continuamente en la oración de intercesión, para que la traducción de los textos sagrados estuviera hecha «con el mismo espíritu con que fueron escritos los libros»[19], sin olvidar traducir también otras obras de autores como Orígenes, indispensables para el trabajo exegético, para «procurar materiales a quienes quieran adelantar en el conocimiento de las cosas»[20].

El estudio de Jerónimo se reveló como un esfuerzo realizado en la comunidad y al servicio de la comunidad, modelo de sinodalidad también para nosotros, para nuestro tiempo y para las diversas instituciones culturales de la Iglesia, con vistas a que sean siempre «lugar donde el saber se vuelve servicio, porque sin el saber nacido de la colaboración y que se traduce en la cooperación no hay desarrollo humano genuino e integral»[21]. El fundamento de esa comunión es la Escritura, que no podemos leer por nuestra cuenta: «La Biblia ha sido escrita por el Pueblo de Dios y para el Pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Sólo en esta comunión con el Pueblo de Dios podemos entrar realmente, con el “nosotros”, en el núcleo de la verdad que Dios mismo quiere comunicarnos»[22]

La vigorosa experiencia de vida de Jerónimo, alimentada por la Palabra de Dios, hizo que se convirtiera en guía espiritual, a través de una intensa correspondencia epistolar. Se hizo compañero de viaje, convencido de que «ningún arte se aprende sin maestro», como escribe a Rústico: «Todo lo que pretendo insinuarte, tomándote de la mano, todo lo que pretendo inculcarte, como el experto marino que ha pasado por muchos naufragios lo haría con un remero bisoño»[23]. Desde aquel rincón tranquilo del mundo acompañaba a la humanidad en una época de grandes cambios, marcada por acontecimientos como el saqueo de Roma del año 410, que lo afectó profundamente.

Confiaba en sus cartas las polémicas doctrinales, siempre en defensa de la recta fe, revelándose como hombre de relaciones vividas con fuerza y con dulzura, involucrado totalmente, sin formas edulcoradas, experimentando que «el amor no tiene precio»[24]. Así vivía sus afectos, con ímpetu y sinceridad. Esta implicación en las situaciones en las que vivía y actuaba se constata también con el hecho de que ofrecía su trabajo de traducción y crítica como munus amicitiae. Era un don ante todo para los amigos, a quienes destinaba y dedicaba sus obras, y a quienes les pedía que las leyeran con ojos amigables más que críticos, y luego para los lectores, sus contemporáneos y los de todos los tiempos[25].

Dedicó los últimos años de su vida a la lectura orante personal y comunitaria de la Escritura, a la contemplación, al servicio a los hermanos a través de sus obras. Todo esto en Belén, junto a la gruta donde la Virgen dio a luz al Verbo, consciente de que es «dichoso aquel que porta en su pecho la cruz, la resurrección y el lugar del nacimiento de Cristo y el de la ascensión. Dichoso aquel que tiene a Belén en su corazón, y en cuyo corazón Cristo nace a diario»[26].

La clave sapiencial de su retrato

Para una plena comprensión de la personalidad de san Jerónimo es necesario conjugar dos dimensiones características de su existencia como creyente. Por un lado, su absoluta y rigurosa consagración a Dios, con la renuncia a cualquier satisfacción humana, por amor a Cristo crucificado (cf. 1 Co 2,2; Flp 3,8.10); por otro lado, el esfuerzo de estudio asiduo, dirigido exclusivamente a una comprensión del misterio del Señor cada vez más profunda. Es precisamente este doble testimonio ofrecido de modo admirable por san Jerónimo, el que se propone como modelo, sobre todo, para los monjes, quienes viven de ascesis y oración, con vistas a que se dediquen al trabajo asiduo de la investigación y del pensamiento; después, para los estudiosos, que deben recordar que el saber sólo es válido religiosamente si está fundado en el amor exclusivo a Dios, y expoliado de toda ambición humana y aspiración mundana.

Tales dimensiones fueron incorporadas en el campo de la historia del arte, donde la presencia de san Jerónimo es frecuente: grandes maestros de la pintura occidental nos han dejado sus representaciones. Podríamos organizar las diversas tipologías iconográficas en dos líneas distintas. Una lo define sobre todo como monje y penitente, con un cuerpo marcado por el ayuno, retirado en zonas desérticas, de rodillas o postrado en tierra, en muchos casos apretando una piedra en la mano derecha para golpearse el pecho, y con los ojos vueltos al Crucificado. En esta línea se sitúa la conmovedora obra maestra de Leonardo da Vinci conservada en la Pinacoteca Vaticana. Otro modo de representar a Jerónimo es el que lo muestra vestido como un estudioso, sentado en su escritorio, dedicado a la traducción y al comentario de la Sagrada Escritura, rodeado de libros y pergaminos, consagrado a la misión de defender la fe a través del pensamiento y la escritura. Albrecht Dürer, por citar otro ejemplo ilustre, lo representó más de una vez en esta actitud.

Los dos aspectos evocados anteriormente se encuentran unidos en el lienzo de Caravaggio, en la Galería Borghese de Roma. En una única escena se representa al anciano asceta, vestido ligeramente con un manto rojo, que tiene un cráneo sobre la mesa, símbolo de la vanidad de las realidades terrenas; pero al mismo tiempo también se manifiesta con vehemencia su cualidad de estudioso, que tiene los ojos fijos en el libro, mientras su mano mete la pluma en el tintero, como acto que caracteriza al escritor.

De manera análoga —que llamaría sapiencial— debemos comprender el doble perfil del itinerario biográfico de Jerónimo. Cuando, como un verdadero «León de Belén», exageraba en los tonos, lo hacía por la búsqueda de una verdad que estaba dispuesto a servir incondicionalmente. Y como él mismo explica en el primero de sus escritos, Vida de san Pablo, ermitaño de Tebas, los leones son capaces de «desaforados rugidos», pero también de lágrimas[27]. Por este motivo, las dos fisonomías contrapuestas que aparecen en su figura son, en realidad, elementos con los que el Espíritu Santo le permitió madurar su unidad interior.

Amor por la Sagrada Escritura

El rasgo peculiar de la figura espiritual de san Jerónimo sigue siendo, sin duda, su amor apasionado por la Palabra de Dios, transmitida a la Iglesia en la Sagrada Escritura. Si todos los Doctores de la Iglesia —y en particular los de la época cristiana primitiva— obtuvieron explícitamente de la Biblia el contenido de sus enseñanzas, Jerónimo lo hizo de una manera más sistemática y en algunos aspectos única.

En los últimos tiempos los exegetas han descubierto el genio narrativo y poético de la Biblia, exaltado precisamente por su calidad expresiva. Jerónimo, en cambio, lo que enfatizaba de las Escrituras era más bien el carácter humilde con el que Dios se reveló, expresándose en la naturaleza áspera y casi primitiva de la lengua hebrea, comparada con el refinamiento del latín ciceroniano. Por tanto, no se dedicaba a la Sagrada Escritura por un gusto estético, sino —como es bien conocido— sólo porque lo llevaba a conocer a Cristo, porque ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo[28].

Jerónimo nos enseña que no sólo se deben estudiar los Evangelios, y que no es solamente la tradición apostólica, presente en los Hechos de los Apóstoles y en las Cartas, la que hay que comentar, sino que todo el Antiguo Testamento es indispensable para penetrar en la verdad y la riqueza de Cristo[29]. Las mismas páginas del Evangelio lo atestiguan: nos hablan de Jesús como Maestro que, para explicar su misterio, recurre a Moisés, a los profetas y a los Salmos (cf. Lc4,16-21; 24,27.44-47). Incluso la predicación de Pedro y Pablo, en los Hechos, se fundamenta emblemáticamente en las antiguas Escrituras; sin ellas, no puede entenderse plenamente la figura del Hijo de Dios, el Mesías Salvador. El Antiguo Testamento no debe considerarse como un vasto repertorio de citas que demuestran el cumplimiento de las profecías en la persona de Jesús de Nazaret. En cambio, más radicalmente, sólo a la luz de las “figuras” veterotestamentarias es posible comprender plenamente el significado del acontecimiento de Cristo, cumplido en su muerte y resurrección. De ahí la necesidad de redescubrir, en la práctica catequética y en la predicación, así como en las discusiones teológicas, el aporte indispensable del Antiguo Testamento, que debe ser leído y asimilado como alimento precioso (cf. Ez 3,1-11; Ap 10,8-11)[30].

La dedicación total de Jerónimo a las Escrituras se manifestó en una forma de expresión apasionada, semejante a la de los antiguos profetas. De ellos sacaba nuestro Doctor su fuego interior, que se convertía en palabra impetuosa y explosiva (cf. Jr 5,14; 20,9; 23,29; Ml 3,2; Si 48,1; Mt 3,11; Lc 12,49), necesaria para expresar el celo ardiente del servidor de la causa de Dios. Siguiendo los pasos de Elías, Juan el Bautista e incluso el apóstol Pablo, el desdén ante la mentira, la hipocresía y las falsas doctrinas enciende el discurso de Jerónimo haciéndolo provocativo y aparentemente duro. La dimensión polémica de sus escritos se comprende mejor si se lee como una especie de calco y actualización de la tradición profética más auténtica. Jerónimo, por tanto, es un modelo de testimonio inflexible de la verdad, que asume la severidad del reproche para inducir a la conversión. En la intensidad de las locuciones e imágenes se manifiesta la valentía del siervo que no quiere agradar a los hombres sino sólo a su Señor (Ga 1,10), por quien ha consumido toda la energía espiritual.

El estudio de la Sagrada Escritura

El amor apasionado de san Jerónimo por las divinas Escrituras está impregnado de obediencia. En primer lugar respecto a Dios, que se ha comunicado con palabras que exigen una escucha reverente[31]y, en consecuencia, también la obediencia a quienes en la Iglesia representan la tradición interpretativa viva del mensaje revelado. Sin embargo, la «obediencia de la fe» (Rm 1,5; 16,26) no es una mera recepción pasiva de lo que es conocido; al contrario, requiere el compromiso activo de la investigación personal. Podemos considerar a san Jerónimo como un “servidor” de la Palabra, fiel y trabajador, completamente consagrado a favorecer en sus hermanos de fe una comprensión más adecuada del «depósito» sagrado que les ha sido confiado (cf. 1 Tm 6,20; 2 Tm 1,14). Si no se entiende lo escrito por los autores inspirados, la misma Palabra de Dios carece de eficacia (cf. Mt 13,19) y el amor a Dios no puede surgir.

Ahora bien, las páginas bíblicas no siempre son accesibles de inmediato. Como se dice en Isaías (29,11), incluso para aquellos que saben “leer” —es decir, que han tenido una formación intelectual suficiente— el libro sagrado aparece “sellado”, cerrado herméticamente a la interpretación. Por tanto, es necesario que intervenga un testigo competente para proporcionar la llave liberadora, la de Cristo Señor, único capaz de desatar los sellos y abrir el libro (cf. Ap 5,1-10), para revelar la prodigiosa efusión de la gracia (cf. Lc 4,17-21). Muchos entonces, incluso entre los cristianos practicantes, declaran abiertamente que no saben leer (cf. Is 29,12), no por analfabetismo, sino porque no están preparados para el lenguaje bíblico, sus modos expresivos y las tradiciones culturales antiguas, por lo que el texto bíblico resulta indescifrable, como si estuviera escrito en un alfabeto desconocido y en una lengua poco comprensible.

Se vuelve necesario, por tanto, la mediación del intérprete, ejerciendo su función “diaconal”, al ponerse al servicio de quienes no pueden comprender el sentido de lo escrito proféticamente. La imagen que se puede evocar, a este respecto, es la del diácono Felipe, impulsado por el Señor para ir en ayuda del eunuco que está leyendo un pasaje de Isaías en su carroza (53,7-8), pero sin poder comprender su significado: «¿Crees entender lo que estás leyendo?», pregunta Felipe; y el eunuco responde: «¿Cómo voy a entender si nadie me lo explica?» (Hch 8,30-31)[32].

Jerónimo es nuestro guía sea porque, como lo hizo Felipe (cf. Hch8,35), lleva a quien lee al misterio de Jesús, sea también porque asume responsable y sistemáticamente las mediaciones exegéticas y culturales necesarias para una lectura correcta y fecunda de la Sagrada Escritura[33]. La competencia en las lenguas en las que se transmitió la Palabra de Dios, el cuidadoso análisis y evaluación de los manuscritos, la investigación arqueológica precisa, además del conocimiento de la historia de la interpretación, en definitiva, todos los recursos metodológicos que estaban disponibles en su época histórica los supo utilizar armónica y sabiamente, para orientar hacia una comprensión correcta de la Escritura inspirada.

Una dimensión tan ejemplar de la actividad de san Jerónimo es muy importante incluso en la Iglesia de hoy. Como nos enseña la Dei Verbum, si la Biblia es «como el alma de la sagrada teología»[34] y la columna vertebral espiritual de la práctica religiosa cristiana[35], es indispensable que el acto interpretativo de la misma esté sostenido por competencias específicas.

A este propósito sirven ciertamente los centros especializados para la investigación bíblica —como el Pontificio Instituto Bíblico en Roma y L’École Biblique y el Studium Biblicum Franciscanum en Jerusalén— y patrística —como el Augustinianum en Roma—, pero también las Facultades de Teología deben esforzarse para que la enseñanza de la Sagrada Escritura esté programada de tal manera que se asegure a los estudiantes una capacidad interpretativa competente, tanto en la exégesis de los textos como en la síntesis de la teología bíblica. La riqueza de las Escrituras es desafortunadamente ignorada o minimizada por muchos, porque no se les han proporcionado las bases esenciales del conocimiento. Por tanto, junto a un incremento de los estudios eclesiásticos dirigidos a sacerdotes y catequistas, que valoricen de manera más adecuada la competencia en la Sagrada Escritura, se debe promover una formación extendida a todos los cristianos, para que cada uno sea capaz de abrir el libro sagrado y extraer los frutos inestimables de sabiduría, esperanza y vida[36].

Aquí quisiera recordar lo que expresó mi predecesor en la Exhortación apostólica Verbum Domini: «La sacramentalidad de la Palabra se puede entender en analogía con la presencia real de Cristo bajo las especies del pan y del vino consagrados. […] Sobre la actitud que se ha de tener con respecto a la Eucaristía y la Palabra de Dios, dice san Jerónimo: “Nosotros leemos las Sagradas Escrituras. Yo pienso que el Evangelio es el Cuerpo de Cristo; yo pienso que las Sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando él dice: ‛Quien no come mi carne y bebe mi sangre’ (Jn 6,53), aunque estas palabras puedan entenderse como referidas también al Misterio [eucarístico], sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es realmente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios”»[37].

Lamentablemente, en muchas familias cristianas nadie se siente capaz —como en cambio está prescrito en la Torá (cf. Dt 6,6)— de dar a conocer a sus hijos la Palabra del Señor, con toda su belleza, con toda su fuerza espiritual. Por eso quise establecer el Domingo de la Palabra de Dios[38], animando a la lectura orante de la Biblia y a la familiaridad con la Palabra de Dios[39]. Todas las demás manifestaciones de la religiosidad se enriquecerán así de sentido, estarán orientadas por una jerarquía de valores y se dirigirán a lo que constituye la cumbre de la fe: la adhesión plena al misterio de Cristo.

La Vulgata

El “fruto más dulce de la ardua siembra”[40] del estudio del griego y el hebreo, realizado por Jerónimo, es la traducción del Antiguo Testamento del hebreo original al latín. Hasta ese momento, los cristianos del imperio romano sólo podían leer la Biblia en griego en su totalidad. Mientras que los libros del Nuevo Testamento se habían escrito en griego, para los del Antiguo existía una traducción completa, la llamada Septuaginta (es decir, la versión de los Setenta) realizada por la comunidad judía de Alejandría alrededor del siglo II a.C. Para los lectores de lengua latina, sin embargo, no había una versión completa de la Biblia en su propio idioma, sino sólo algunas traducciones, parciales e incompletas, que procedían del griego. Jerónimo, y después de él sus seguidores, tuvieron el mérito de haber emprendido una revisión y una nueva traducción de toda la Escritura. Con el estímulo del papa Dámaso, Jerónimo comenzó en Roma la revisión de los Evangelios y los Salmos, y luego, en su retiro en Belén, empezó la traducción de todos los libros veterotestamentarios, directamente del hebreo; una obra que duró años.

Para completar este trabajo de traducción, Jerónimo hizo un buen uso de sus conocimientos de griego y hebreo, así como de su sólida formación latina, y utilizó las herramientas filológicas que tenía a su disposición, en particular las Hexaplas de Orígenes. El texto final combinó la continuidad en las fórmulas, ahora de uso común, con una mayor adherencia al estilo hebreo, sin sacrificar la elegancia de la lengua latina. El resultado es un verdadero monumento que ha marcado la historia cultural de Occidente, dando forma al lenguaje teológico. Superados algunos rechazos iniciales, la traducción de Jerónimo se convirtió inmediatamente en patrimonio común tanto de los eruditos como del pueblo cristiano, de ahí el nombre de Vulgata[41]. La Europa medieval aprendió a leer, orar y razonar en las páginas de la Biblia traducidas por Jerónimo. «La Sagrada Escritura se ha convertido así en una especie de “inmenso vocabulario” (P. Claudel) y de “Atlas iconográfico” (M. Chagall) del que se han nutrido la cultura y el arte cristianos»[42]. La literatura, las artes e incluso el lenguaje popular se han inspirado constantemente en la versión jeronimiana de la Biblia, dejándonos tesoros de belleza y devoción.

En relación a este hecho indiscutible, el Concilio de Trento estableció el carácter «auténtico» de la Vulgata en el decreto Insuper, rindiendo homenaje al uso secular que la Iglesia había hecho de ella y certificando su valor como instrumento de estudio, predicación y discusión pública[43]. Sin embargo, no pretendía minimizar la importancia de las lenguas originales, como no dejaba de recordar Jerónimo, ni mucho menos prohibir nuevos trabajos de traducción integral en el futuro. San Pablo VI, asumiendo el mandato de los Padres del Concilio Vaticano II, quiso que la revisión de la traducción de la Vulgata se completara y se pusiera a disposición de toda la Iglesia. Así es como san Juan Pablo II, en la Constitución apostólica Scripturarum thesaurus[44], promulgó en 1979 la edición típica llamada Neovulgata.

La traducción como inculturación

Con su traducción, Jerónimo logró “inculturar” la Biblia en la lengua y la cultura latina, y esta obra se convirtió en un paradigma permanente para la acción misionera de la Iglesia. En efecto, «cuando una comunidad acoge el anuncio de la salvación, el Espíritu Santo fecunda su cultura con la fuerza transformadora del Evangelio»[45], y de este modo se establece una especie de circularidad: así como la traducción de Jerónimo está en deuda con la lengua y la cultura de los clásicos latinos, cuyas huellas son claramente visibles, así ella, con su lengua y su contenido simbólico y de imágenes, se ha convertido a su vez en un elemento creador de cultura.

El trabajo de traducción de Jerónimo nos enseña que los valores y las formas positivas de cada cultura representan un enriquecimiento para toda la Iglesia. Los diferentes modos en que la Palabra de Dios se anuncia, se comprende y se vive con cada nueva traducción enriquecen la Escritura misma, puesto que —según la conocida expresión de Gregorio Magno— crece con el lector[46], recibiendo a lo largo de los siglos nuevos acentos y nueva sonoridad. La inserción de la Biblia y del Evangelio en las diferentes culturas hace que la Iglesia se manifieste cada vez más como «sponsa ornata monilibus suis» (Is 61,10). Y atestigua, al mismo tiempo, que la Biblia necesita ser traducida constantemente a las categorías lingüísticas y mentales de cada cultura y de cada generación, incluso en la secularizada cultura global de nuestro tiempo[47].

Ha sido recordado, con razón, que es posible establecer una analogía entre la traducción, como acto de hospitalidad lingüística, y otras formas de hospitalidad[48]. Por eso, la traducción no es un trabajo que concierne únicamente al lenguaje, sino que corresponde, de hecho, a una decisión ética más amplia, que está relacionada con toda la visión de la vida. Sin traducción, las diferentes comunidades lingüísticas no podrían comunicarse entre sí; nosotros cerraríamos las puertas de la historia y negaríamos la posibilidad de construir una cultura del encuentro[49]. En efecto, sin traducción no hay hospitalidad y se fortalecen las acciones de hostilidad. El traductor es un constructor de puentes. ¡Cuántos juicios temerarios, cuántas condenas y conflictos surgen del hecho de ignorar el idioma de los demás y de no esforzarnos, con tenaz esperanza, en esta prueba infinita de amor que es la traducción!

Jerónimo también tuvo que oponerse al pensamiento dominante de su época. Si en los albores del imperio romano, el saber griego era relativamente común, en ese momento ya era una rareza. Sin embargo, llegó a ser uno de los mejores conocedores de la lengua y literatura griega cristiana y se embarcó solo en un viaje aún más arduo cuando se dedicó al estudio del hebreo. Como fue escrito, si «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo»[50], podemos decir que le debemos al poliglotismo de san Jerónimo una comprensión más universal del cristianismo y, al mismo tiempo, más acorde con sus fuentes.

Con la celebración del centenario de la muerte de san Jerónimo, nuestra mirada se vuelve hacia la extraordinaria vitalidad misionera expresada por la traducción de la Palabra de Dios a más de tres mil idiomas. Muchos son los misioneros a quienes debemos la preciosa labor de publicar gramáticas, diccionarios y otras herramientas lingüísticas que ofrecen las bases de la comunicación humana y son un vehículo del «sueño misionero de llegar a todos»[51]. Es necesario valorar todo este trabajo e invertir en él, contribuyendo a superar las fronteras de la incomunicabilidad y de la falta de encuentro. Todavía queda mucho por hacer. Como ha sido afirmado, no existe comprensión sin traducción[52]; no nos comprenderemos a nosotros mismos, ni a los demás. 

Jerónimo y la cátedra de Pedro

Jerónimo siempre tuvo una relación especial con la ciudad de Roma: Roma es el puerto espiritual al que regresó continuamente; en Roma se formó el humanista y se forjó el cristiano; él era homo romanus. Este vínculo se daba, de manera muy peculiar, en la lengua de la Urbe, el latín, del que fue maestro y conocedor, pero estuvo sobre todo vinculado a la Iglesia de Roma y, en especial, a la cátedra de Pedro. La tradición iconográfica, de manera anacrónica, lo representaba con la púrpura cardenalicia, para señalar su pertenencia al presbiterio de Roma junto al papa Dámaso. Fue en Roma donde comenzó la revisión de la traducción; e incluso cuando la envidia y la incomprensión lo obligaron a abandonar la ciudad, siempre permaneció fuertemente vinculado a la cátedra de Pedro.

Para Jerónimo, la Iglesia de Roma era el terreno fértil donde la semilla de Cristo da fruto abundante[53]. En una época agitada, en la que la túnica inconsútil de la Iglesia se veía a menudo desgarrada por las divisiones entre los cristianos, Jerónimo consideraba la cátedra de Pedro como un punto de referencia seguro: «Yo, que no sigo más primacía que la de Cristo, me uno por la comunión a tu beatitud, es decir, a la cátedra de Pedro. Sé que la Iglesia está edificada sobre esa roca». En medio de las disputas contra los arrianos, escribió a Dámaso: «Quien no recoge contigo, desparrama; es decir, el que no es de Cristo es del anticristo»[54]. Por eso podía afirmar también: «El que se adhiera a la cátedra de Pedro es mío»[55]

Jerónimo a menudo se vio involucrado en discusiones ásperas a causa de la fe. Su amor por la verdad y la ardiente defensa de Cristo quizá lo llevaron a exagerar la violencia verbal en sus cartas y escritos. Sin embargo, vivía orientado a la paz: «También nosotros queremos la paz, y no sólo la queremos, sino que la pedimos suplicantes. Pero la paz de Cristo, la paz verdadera, una paz sin enemistades, una paz que no lleve escondida la guerra, una paz que no esclavice a los adversarios, sino que los una como amigos»[56].

Nuestro mundo necesita más que nunca la medicina de la misericordia y la comunión. Permítanme repetir una vez más: Demos un testimonio de comunión fraterna que sea atractivo y luminoso[57]. «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35). Es lo que pidió intensamente Jesús con su oración al Padre: «Para que todos sean uno […] en nosotros, para que el mundo crea» (Jn 17,21).

Amar lo que Jerónimo amó 

Como conclusión de esta Carta, quisiera hacer un nuevo llamamiento a todos. Entre los muchos elogios que la posteridad le rinde a san Jerónimo está el de no ser considerado solamente uno de los más grandes estudiosos de la “biblioteca” de la que el cristianismo se nutre a lo largo del tiempo, comenzando por el tesoro de las Sagradas Escrituras; sino que también se le puede aplicar lo que él mismo escribió sobre Nepociano: «Por la asidua lectura y la meditación prolongada, había hecho de su corazón una biblioteca de Cristo»[58]. Jerónimo no escatimó esfuerzos para enriquecer su biblioteca, en la que siempre vio un laboratorio indispensable para la comprensión de la fe y la vida espiritual; y en esto constituye un maravilloso ejemplo también para el presente. Pero, además, fue más lejos. Para él, el estudio no se limitaba a sus primeros años juveniles de formación, sino que era un compromiso constante, una prioridad de todos los días de su vida. En definitiva, podemos decir que asimiló toda una biblioteca y se convirtió en dispensador de conocimiento para muchos otros. Postumiano, que en el siglo IV viajó a Oriente para descubrir los movimientos monásticos, fue testigo ocular del estilo de vida de Jerónimo, con quien permaneció unos meses, y lo describió de la siguiente manera: «Él es todo en la lectura, todo en los libros; no descansa ni de día ni de noche; siempre lee o escribe algo»[59].

En este sentido, a menudo pienso en la experiencia que puede tener un joven hoy al entrar en una librería de su ciudad, o en una página de internet, y buscar el sector de libros religiosos. Es un espacio que, cuando existe, en la mayoría de los casos no sólo es marginal, sino carente de obras sustanciales. Al examinar esos estantes, o esas páginas en la red, es difícil para un joven comprender cómo la investigación religiosa pueda ser una aventura emocionante que une pensamiento y corazón; cómo la sed de Dios haya encendido grandes mentes a lo largo de los siglos hasta hoy; cómo la maduración de la vida espiritual haya contagiado a teólogos y filósofos, artistas y poetas, historiadores y científicos. Uno de los problemas actuales, no sólo de religión, es el analfabetismo: escasean las competencias hermenéuticas que nos hagan intérpretes y traductores creíbles de nuestra propia tradición cultural. Deseo lanzar un desafío, de modo particular, a los jóvenes: Vayan en busca de su herencia. El cristianismo los convierte en herederos de un patrimonio cultural insuperable del que deben tomar posesión. Apasiónense de esta historia, que es de ustedes. Atrévanse a fijar la mirada en Jerónimo, ese joven inquieto que, como el personaje de la parábola de Jesús, vendió todo lo que tenía para comprar «la perla de gran valor» (Mt 13,46).

Verdaderamente, Jerónimo es la «biblioteca de Cristo», una biblioteca perenne que dieciséis siglos después sigue enseñándonos lo que significa el amor de Cristo, un amor que no se puede separar del encuentro con su Palabra. Por esta razón, el centenario actual representa una llamada a amar lo que Jerónimo amó, redescubriendo sus escritos y dejándonos tocar por el impacto de una espiritualidad que puede describirse, en su núcleo más vital, como el deseo inquieto y apasionado de un conocimiento más profundo del Dios de la Revelación. ¿Cómo no escuchar, en nuestros días, lo que Jerónimo exhortaba incesantemente a sus contemporáneos: «Lee muy a menudo las Divinas Escrituras, o mejor, nunca el texto sagrado se te caiga de las manos»?[60].

Un ejemplo luminoso es la Virgen María, evocada por Jerónimo sobre todo como madre virginal, pero también en su actitud de lectora orante de la Escritura. María meditaba en su corazón (cf. Lc 2,19.51) porque «era santa y había leído las Sagradas Escrituras, conocía a los profetas y recordaba lo que el ángel Gabriel le había anunciado y lo que se le había augurado por boca de los profetas. […] Veía a Aquel recién nacido, que era su Hijo, su único Hijo, acostado y dando vagidos, en ese pesebre, pero a quien en realidad estaba viendo allí acostado era al Hijo de Dios; y lo que ella estaba viendo andaba comparándolo con cuanto había oído y leído»[61]. Encomendémonos a ella, que mejor que nadie puede enseñarnos a leer, meditar, rezar y contemplar a Dios, que se hace presente en nuestra vida sin cansarse jamás.

Roma, San Juan de Letrán, 30 de septiembre, memoria de san Jerónimo, del año 2020, octavo de mi pontificado.

Francisco

 

[1] «Deus qui beato Hieronymo presbitero suavem et vivum Scripturae Sacrae affectum tribuisti, da, ut populus tuus verbo tuo uberius alatur et in eo fontem vitae inveniet» (Collecta Missae Sancti Hieronymi, Missale Romanum, editio typica tertia, Civitas Vaticana 2002). Traducción en lengua española: «Oh, Dios, que concediste al presbítero san Jerónimo un amor suave y vivo a la Sagrada Escritura, haz que tu pueblo se alimente de tu palabra con mayor abundancia y encuentre en ella la fuente de la vida» (Oración colecta Memoria litúrgica de san Jerónimo, Misal Romano, Madrid 2017)

[2] Epistula (en adelante: Ep.) 22, 30: CSEL 54, 190.

[3] AAS 12 (1920), 385-423.

[4] Cf. Audiencias Generales 7 y 14 noviembre 2007: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (9 noviembre 2007), p. 12; ibíd. (16 noviembre 2007), p. 16.

[5] Sínodo de los Obispos, Mensaje al Pueblo de Dios de la XII Asamblea general ordinaria (24 octubre 2008).

[6] Cf. AAS 102 (2010), 681-787. 

[7] Chronicum 374: PL 27, 697-698.

[8] Ep. 125, 12: CSEL 56, 131.

[9] Cf. Ep. 122, 3: CSEL 56, 63.

[10] Cf. Homilía en la Santa MisaDomus Sanctae Marthae (10 diciembre 2015): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (18 diciembre 2015), p. 13. La anécdota se encuentra en A. Louf, Sotto la guida dello Spirito, Qiqaion, Magnano (BI) 1990, 154-155.

[11] Cf. Ep. 125, 12: CSEL 56, 131.

[12] Cf. VD, 89: AAS 102 (2010), 761-762.

[13] Cf. Ep. 125, 9.15.19: CSEL 56, 128.133-134.139.

[14] Vita Malchi monachi captivi 7, 3: PL 23, 59-60; S. Jerónimo, Vidas de tres monjes: Obras completas, edición bilingüe, vol. II, ed. BAC, Madrid 2002, 631. 

[15] Praef. Esther 2: PL 28, 1505.

[16] Cf. Ep. 108, 26: CSEL 55, 344-345.

[17] Ep. 52, 8: CSEL 54, 428-429; cf. VD, 60: AAS 102 (2010), 739.

[18] Praef. Paralipomenon LXX 1.10-15: SCh 592, 340.

[19] Praef. in PentateuchumPL 28, 184.

[20] Ep. 80, 3: CSEL 55, 105.

[21] Mensaje con motivo de la XXIV solemne Sesión pública de las Academias Pontificias (4 diciembre 2019): L’Osservatore Romano (6 diciembre 2019), p. 8.

[22] VD, 30: AAS 102 (2010), 709.

[23] Ep. 125, 15.2: CSEL 56, 133.120.

[24] Ep. 3, 6: CSEL 54, 18.

[25] Cf. Praef. Josue 1, 9-12: SCh 592, 316.

[26] Homilia in Psalmum 95PL 26, 1181; cf. S. Jerónimo, Obras homiléticas. Comentario a los Salmos: Obras completas, edición bilingüe, vol. I, ed. BAC, Madrid 1999, 359.

[27] Cf. Vita S. Pauli primi eremitae, 16, 2: PL 23, 28; S. Jerónimo, Vida de tres monjes: Obras completas, edición bilingüe, vol. II, ed. BAC, Madrid 2002, 615.

[28] Cf. In Isaiam Prol.: PL 24, 17. S. Jerónimo, Comentario a Isaías (Libros I-XII): Obras completas, edición bilingüe, vol. VIa, ed. BAC, Madrid 2007, 5. 

[29] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 14.

[30] Cf. ibíd.

[31] Cf. ibíd., 7.

[32] Cf. Ep. 53, 5CSEL 54, 451; S. Jerónimo, Epistolario I (Cartas 1-85): Obras completas, edición bilingüe, vol. Xa, ed. BAC, Madrid 2013, 505. 

[33] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 12.

[34] Ibíd., 24.

[35] Cf. ibíd., 25.

[36] Cf. ibíd., 21.

[37] N. 56; cf. In Psalmum 147: CCL 78, 337-338; S. Jerónimo, Obras homiléticas. Comentario a los Salmos: Obras completas, edición bilingüe, vol. I, ed. BAC, Madrid 1999, 635-636.

[38] Cf. Carta. ap. en forma de Motu Proprio Aperuit illis (30 septiembre 2019).

[39] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 152.175: AAS 105 (2013), 1083-1084.1093.

[40] Cf. Ep. 52,3: CSEL 54, 417.

[41] Cf. VD, 72: AAS 102 (2010), 746-747.

[42] S. Juan Pablo II, Carta a los artistas (4 abril 1999), 5: AAS 91 (1999), 1159-1160.

[43] Cf. Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum, 1506.

[44] (25 abril 1979): AAS 71 (1979), 557-559.

[45] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 116: AAS 105 (2013), 1068.

[46] Homilia in Ezech. I, 7: PL 76, 843D.

[47] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 116: AAS 105 (2013), 1068.

[48] Cf. P. Ricœur, Sur la traduction, Bayard, París 2004.

[49] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24: AAS 105 (2013), 1029-1030.

[50] L. Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus, 5.6. 

[51] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 31: AAS 105 (2013), 1033.

[52] Cf. G. Steiner, After Babel. Aspects of language and translation, Oxford University Press, Nueva York 1975.

[53] Cf. Ep. 15, 1: CSEL 54, 63.

[54] Ibíd., 15, 2: CSEL 54, 62-64.

[55] Ibíd., 16, 2: CSEL 54, 69.

[56] Ibíd., 82, 2: CSEL 55, 109.

[57]Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 99: AAS 105 (2013), 1061.

[58] Ep. 60, 10: CSEL 54, 561.

[59] Sulpicius Severus, Dialogus I, 9, 5: SCh 510, 136-138.

[60] Ep. 52, 7: CSEL 54, 426.

[61] Homilia de nativitate Domini IV: PLSuppl. 2, 191; S. Jerónimo, Obras homiléticas. Comentario a los Salmos: Obras completas, edición bilingüe, vol. I, ed. BAC, Madrid 1999, 961.

lunes, 13 de septiembre de 2021

SAN JUAN CRISÓSTOMO

 


 ‘O Χρυσόστομος, el de la Boca de Oro (1)

Su nacimiento y sus padres. San Juan nació alrededor del año 349, pudiendo decir con mayor probabilidad, en la ciudad de Antioquia. Su padre, Segundo, era un funcionario de alto rango en la administración romana, y su madre, Antusa, era una devota cristiana, que recientemente ha sido añadida entre los santos por la Iglesia de Grecia. Su festividad es compartida con las Santas Nona y Emilia, madres, respectivamente de San Gregorio el Teólogo y San Basilio el Grande. Así que, conmemoramos el 30 de enero a los Tres Santos Jerarcas, y poco después, el domingo anterior a la Gran Fiesta de la Presentación, a las santas madres de los Tres Santos Jerarcas.

Estudiante y asceta. Para el propósito pedagógico de esta conferencia me gustaría que pensarais en la vida del santo dividida en tres partes fundamentales: su vida temprana como estudiante y asceta, su vida como sacerdote en Antioquía, y su vida como obispo en Constantinopla (2). El padre del Crisóstomo murió cuando era un joven, y su madre tenía veinte años. Pasó el resto de su vida completamente devota a la formación de Juan como cristiano y estudiante. De joven fue inscrito entre los estudiantes del gran rector del imperio, el pagano Libanio (3). Su educación bajo Libanio siguió un modo tradicional griego que no cambió mucho desde el siglo IV antes de Cristo. Fue bajo Libanio donde Crisóstomo aprendió dicción griega y una expresión elegante que le serviría muy bien como predicador durante toda su vida. El plan de estudio era todo en griego, no formando el latín parte de su educación, centrándose en los clásicos. San Juan pasó a través de las tres etapas de la “paideia” tradicional: gramática, dialéctica y retórica, todo con gran éxito. Se dice que Libanio comentó a la luz de su muerte cercana que, entre todos sus estudiantes, era Juan quien estaba mejor preparado para sucederle, si no sucedía que los cristianos se lo robaran. Ciertamente lo hicieron, y no sería la última vez en la providencia de Dios que fuera robado.

San Juan completó sus estudios sobre el año 367 y fue bautizado en la vigilia pascual del año 368 por San Melecio, que sirvió como obispo ortodoxo de Antioquía desde aproximadamente el año 360 hasta su muerte en el Segundo Concilio Ecuménico en el año 381. Tres años después de su bautismo, San Juan sirvió a Melecio en la iglesia, y estudio las Escrituras en una pequeña hermandad monástica reunida alrededor de Diodoro y Carterio. En el año 372, con rumores de una ordenación inminente, Crisóstomo huyó a las montañas fuera de Antioquía a luchar contra sus pasiones bajo la tutela de un anciano maestro sirio. Por percepción espiritual Crisóstomo se dominó a si mismo durante esos años, y entonces se retiró a una cueva en la que durante dos años más memorizó las Santas Escrituras y nunca se tumbó a dormir. Crisóstomo describió este periodo de su vida como un tiempo en el que se dedicó por completo a la oración durante la noche y al estudio de la Escritura durante el día (4). Por este ascetismo extremo Crisóstomo quebrantó su salud, y regresó a Antioquía durante un tiempo en el año 378. Los años de San Juan como estudiante y asceta dejarían una honra huella en su futuro, proveyendo la base para su poderoso ministerio como exegeta y predicador de las Santas Escrituras. El contenido inspirado de su ministerio predicador fue formado en las montañas, y el estilo magistralmente pedagógico fue formado durante su educación. Esta combinación arrasó el mundo cristiano.

Sacerdote y predicador en Antioquía. Tras la muerte de San Melecio, Crisóstomo fue enviado de vuelta desde Constantinopla a Antioquía para el entierro de aquel junto a San Babilas, y Flaviano fue elegido obispo de Antioquía. En su primer año como obispo de Antioquia, Flaviano ordenó a Crisóstomo como diácono. San Juan tenía 32 años, y sirvió durante cinco años como diácono. Durante este periodo Crisóstomo nunca predicó, sino que lanzó su carrera como escritor, produciendo folletos, cartas y ensayos sobre diferentes temas, especialmente sobre la vida ascética. Además de sus trabajos litúrgicos y literarios, San Juan sirvió a Flaviano como su asistente personal y enlace en la administración de caridad para las más de 3000 vírgenes y viudas sobre las limosnas de la iglesia. En el año 386, cuando el diácono Juan tenía 37 años, el arzobispo Flaviano lo ordenó al sacerdocio y lo nombró como predicador de la catedral de la ciudad (5). San Juan serviría en esta capacitación durante 12 años. Inmediatamente, el Crisóstomo lanzó su carrera como predicador, y a partir de este momento la mayoría de las obras que tenemos de su propia pluma son, de hecho, versiones editadas de sus sermones. Típicamente, durante sus años como sacerdote, muchos escribas recopilaban sus sermones tal y como los exponía en la iglesia, y luego se los entregaban para su revisión antes de su publicación (7).

Obispo en Constantinopla. A finales de octubre del año 397, Asterios, contable de la región del este y gobernador de Antioquia, convocó a Crisóstomo al santuario de los grandes mártires fuera de la puerta romanesia (8) para un importante mensaje. Crisóstomo asumió que era para escuchar el mensaje de algún comunicado importante del emperador al obispo y a la iglesia. En su lugar, fue cogido por los funcionarios imperiales, y puesto en un carro imperial, fue conducido a 1200 kilómetros, a Constantinopla, para no volver a ver su amada ciudad de Antioquía de nuevo. El obispo Nektario de Constantinopla murió, y Juan fue consagrado como su sucesor, el décimo segundo obispo de Constantinopla. Entre mediados de diciembre del 397 y el 26 de febrero del  398 fue consagrado de manos del arzobispo Teófilo de Alejandría y bajo la dirección del emperador Arcadio. Durante los siguientes diez años San Juan recibiría en su corazón al pueblo de Constantinopla y los pastoreó como su rebaño.

Constantinopla estaba expansionándose. Había entre 200.000 y 300.000 personas en la ciudad de Constantino, que había sido consagrada en el año 330, apenas 6 años después de que el emperador Constantino expusiera su proyecto de construcción de la pequeña ciudad de Bizancio. Juan asumió sus responsabilidades pastorales de inmediato y continuó con una corriente ininterrumpida de predicación y con los comentarios bíblicos hasta el final de su vida. Junto al obispado había un convento con 250 vírgenes gobernado por la santa diaconisa Olimpia, que se convertiría en hija espiritual de San Juan y su mejor amiga. Crisóstomo comenzó una visita por la diócesis y con su reforma. Empezó donde vivía, en el palacio episcopal, que se había convertido, bajo su predecesor, en un centro de hospitalidad extravagante para la nueva clase alta de Constantinopla y para el clero. (9) Crisóstomo recortó el presupuesto, vendió muchos artículos valiosos almacenados en el palacio y utilizó los fondos excedentes para levantar, al menos, un hospital. Tomaba muchas de sus comidas solo. Reformó su clero, expulsando de inmediato a un gran número de diáconos que eran culpables de crímenes atroces, reprendiendo a los clérigos célibes que vivían en los denominados “matrimonios espirituales” con vírgenes, depuso a numerosos obispos culpables de la obtención de su cargo mediante simonía, reguló las hermandades monásticas de la ciudad, exigió la rendición de cuentas de las mujeres que se inscribían en las listas de las viudas de la Iglesia, exigiéndoles vivir como viudas piadosas o volviéndose a casar, sirvió como consejero imperial, gobernó como “proestamenos” del sínodo residente de Constantinopla (10), sirvió en los divinos servicios y predicó muchas veces por semana (11), supervisó las instituciones caritativas, se mantuvo informado de las actividades civiles, trató de influir en la legislación imperial con la enseñanza de la Iglesia, y organizó las actividades misioneras. Además de todas estas funciones en la propia ciudad, a Crisóstomo se le pidió por parte de las diócesis vecinas el juzgar muchos casos y supervisar elecciones controvertidas. La influencia del obispo de Constantinopla fue aumentando a medida que el tamaño y la importancia del imperio crecía en aumento.

Crisóstomo no siempre fue bien recibido en su nueva posición de autoridad. Algunos de los ciudadanos más ricos de Constantinopla se ofendieron por sus represiones audaces y su disposición a pedirles cuentas. Sin embargo, lamentablemente llegó a Constantinopla como el favorito imperial, pues en el año 401 se había convertido en algo ajeno a la emperatriz Eudoquia. Parece que Crisóstomo la censuró por asignarse una propiedad de viuda. Sin embargo, Crisóstomo bautizó al hijo de la pareja imperial, Teodosio II, en la Teofanía del año 402. En el año 403, el obispo consagrante de Crisóstomo convertido en su enemigo, el arzobispo Teófilo de Alejandría, llegó a Constantinopla junto con 29 de sus obispos egipcios, tomando residencia en el palacio imperial de Calcedonia, en el suburbio llamado “El Roble”, y celebró un inicuo sínodo contra Crisóstomo. Este sínodo, conocido por la historia como el “sínodo del roble”, culpó a Crisóstomo con unos 29 delitos (muchos de ellos yendo más allá de lo ridículo), y acabó deponiendo a Crisóstomo, por no comparecer ante su ilícita asamblea. El sínodo envió al emperador una misiva de condena, sugiriendo que Crisóstomo era un traidor y debía ser desterrado. Fue desterrado por un edicto imperial, y tras a penas haber sido desterrado, un terremoto sacudió la ciudad. Con temor y temblor, la emperatriz culpable pidió a su marido, el débil Arcadio, que llamara a Crisóstomo de su exilio. Crisóstomo rechazó entrar de nuevo en los muros de la ciudad hasta que se declarara ilegítima la declaración que había sido hecha por el sínodo del Roble. La paz fue restablecida, pero no se mantuvo durante mucho tiempo.

Pronto, la emperatriz decidió poner una estatua de plata de sí misma en la plaza de la catedral, y la instaló ruidosamente y la desveló durante el momento en el que San Juan estaba celebrando la Divina Liturgia. Discerniendo la provocación y estando en desacuerdo con ella, Crisóstomo exclamó con justa indignación: “Una vez más Herodías baila y pide en una bandeja la cabeza de Juan”. El Gran Sábado del año 404, Crisóstomo fue confinado en la cancillería y los soldados fueron enviados para deshacer las ceremonias bautismales. La sangre corrió en la fuente, y fueron dispersados más de 3000 catecúmenos. Se llevó a cabo un intento de asesinato contra la vida de Juan, mediante el esclavo de uno de sus sacerdotes. El 9 de junio, jueves antes de Pentecostés, los obispos enemigos forzaron la mano imperial y el 20 de junio Crisóstomo fue desterrado por última vez. Pasaría los siguientes tres años en el exilio. La mayor parte de este tiempo la pasó en Cucusus, Armenia. Mantuvo desde allí una voluminosa correspondencia. Tenemos cerca de 240 cartas existentes de este período. Desde el exilio escribió numerosos tratados destinados a alentar a su rebaño de Constantinopla, que sufría una severa persecución por parte de las autoridades civiles a causa de su lealtad a San Juan. Durante su exilio, el emperador Honorio, hermano del emperador Arcadio y emperador de Occidente, junto con el papa Inocencio y líder de los obispos de occidente, exigieron a Arcadio que Crisóstomo fuera restaurado a su sede. En el año 407, tras tres años de exilio en los que el lugar de exilio de San Juan, en Armenia, se había convertido en un lugar de peregrinación para los fieles, Crisóstomo fue desterrado nuevamente más lejos, en Pitio, en la parte más alejada del imperio, en la orilla oriental del Mar Negro. Por extrema enfermedad y sufriendo abusos de los soldados y bárbaros que conducían la expedición, Crisóstomo se durmió en el Señor el 14 de septiembre del año 407, a la edad de 58 años. La compañía se detuvo fuera de la iglesia del Santo Mártir Basilisco. Durante la noche, el santo se apareció a Crisóstomo y le informó de que pronto estarían juntos. Crisóstomo pidió ser investido, recibiendo los Santos Dones, hizo la cruz, y oró sus últimas palabras, “Gloria a Dios por todas las cosas”.

 II. Influencia continua de Crisóstomo

Desde la muerte del santo, en el año 407, su influencia se ha incrementado por todo el mundo tanto como la fama de nuestra Señora. Nuestra purísima y siempre Virgen Theotokos profetizó bajo la inspiración del Espíritu Santo que “todas las generaciones me llamarán bienaventurada”. Una adulación similar se ha generado a lo largo de la historia en el caso de San Juan Crisóstomo. Durante el transcurso de su vida se publicaron muchas de sus obras, traducidas y estudiadas en los lugares más lejanos del imperio (12). Se hizo debidamente famoso en todo el mundo cristiano. Dio sus frutos a una gran multitud de discípulos devotos, como San Juan Casiano, San Proclo, San Nilo y San Marco el asceta, San Isidoro de Pelusio, y el obispo Paladio (su biógrafo). Desde que le fue otorgado el título de “Boca de Oro” a Crisóstomo, cada nueva generación de predicadores con gran erudición de la Iglesia ha sido galardonado con el título de “nuevo Crisóstomo”, incluso en los tiempos modernos, con hombres como San Tikón de Zadonsk y Nicolás Velimirovich. Desde el siglo XI, la fama de Crisóstomo fue tan grande que fue nombrado por la Iglesia como uno de los “Tres Santos Jerarcas”, los tres satélites, las tres lunas de la luminaria universal de la Iglesia. Celebramos litúrgicamente la vida de San Juan el 13 de Noviembre (su primera fiesta), el 27 de enero (el traslado de sus reliquias) y el 30 de enero (los tres Santos Jerarcas). Los eruditos se han comprometido con la obra de Crisóstomo en cualquier era de la historia de la Iglesia. Y no sólo eruditos ortodoxos como San Focio el Grande, sino no ortodoxos también, como el latino Tomás de Aquino, que consideró el Comentario sobre Mateo de Crisóstomo como prácticamente inspirado, o el reformador protestante Juan Calvino, que consideró a Crisóstomo como un gran exegeta.

III. Contribuciones especiales de Crisóstomo a la Santa Iglesia en los últimos 1600 años

San Juan Crisóstomo no es sólo una gran personalidad, sino que ha dejado una huella indeleble en el cristianismo ortodoxo. Hizo significativas contribuciones a la vida de la Iglesia en un importante número de áreas, tales como:

Oración y Liturgia. Muchos cristianos ortodoxos conocen el nombre de San Juan Crisóstomo no por leer sus libros, sino por rezar su liturgia. La liturgia que celebramos siempre, exceptuando 10 domingos del año eclesiástico, está atribuida a San Juan. Mientras que algunas partes de la liturgia de San Juan Crisóstomo pertenecen a él y otras son posteriores a él, sigue siendo muy difícil identificar la procedencia de cada parte del servicio sagrado, y sin embargo la Iglesia afirma que Crisóstomo era un maestro liturgista, responsable de al menos el contenido básico de lo que conocemos hoy como nuestra Divina Liturgia ortodoxa. Además de la propia liturgia, San Juan ha inspirado consistentemente al sacerdocio con una visión de la gloria y la necesidad de predicar, y tras eso la lección del Evangelio de cada liturgia. Probablemente no ha habido ninguna persona en la historia mejor cualificada para predicar antes de convertirse al sacerdocio, pero Crisóstomo nunca lo hizo. Él vio la predicación como una función sacerdotal, como un fruto de la sucesión apostólica. Nos enseñó que predicar cambia a la gente y es ser una palabra viva, no muerta. Según mi experiencia, muchos sacerdotes ortodoxos tienen una concepción muy poco ortodoxa de la predicación y pueden beneficiarse ellos mismos y su pueblo grandemente aprendiendo a tomar la predicación de la Palabra, como lo hizo seriamente el gran predicador de la historia de la Iglesia. Crisóstomo manejó la palabra predicada, confiando en que se transmitiría la poderosa palabra de Cristo, tan cuidadosamente como lo hizo la Divina Liturgia. Podríamos hablar de oraciones atribuidas a Crisóstomo en los servicios de preparación y de acción de gracias después de la Santa Comunión, que demuestran que el Boca de Oro es un teólogo de la Eucaristía por excelencia. Sus homilías y comentarios han proporcionado alimento espiritual para que muchos predicadores alimenten a sus ovejas, y su Homilía Pascual se lee en cada templo de la Iglesia Ortodoxia el día de Pascua. Su devoción a los mártires, a menudo predicada en sus santuarios y en sus fiestas, y su estímulo de la disciplina por las sagradas peregrinaciones ha ayudado a establecer el “ethos” de nuestra adoración.

Sacerdocio y pastoral. Cualquier seminario ortodoxo conoce la influencia de San Juan Crisóstomo en el área de la formación sacerdotal y la teología pastoral. Su más famosa obra es Sobre el Sacerdocio (en seis libros), y, junto con las obras de San Gregorio el Teólogo, En defensa de mi fuga y San Gregorio el Dialoguista, Regla Pastoral, sirve como enseñanza patrística por excelencia sobre el sacerdocio y la pastoral. La enseñanza de Crisóstomo en este tema es de gran valor hoy para los cristianos ortodoxos, que tienen la tarea de difundir la santa Ortodoxia para muchos heterodoxos que no creen en el sagrado sacerdocio. He deseado ampliamente que el libro Sobre el Sacerdocio de Crisóstomo sea leído por mis catecúmenos parroquiales, sabiendo que llegar a creer en el sacerdocio será uno de los cambios necesarios y revolucionarios en sus vidas para que estén listos para la recepción en la Santa Iglesia.

Patrón del matrimonio y de la vida monástica. Ningún padre de la Iglesia ha contribuido tanto al entendimiento cristiano del matrimonio y de la vida monástica, y su interacción, como lo hace San Juan Crisóstomo. Crisóstomo era un devoto monje, y permaneció filo-monástico durante toda su vida. Al mismo tiempo utilizó la mayor parte de sus años adultos pastoreando a matrimonios cristianos y guiando a las familias de su parroquia y diócesis en la vida cristiana. Maravillosamente, Crisóstomo presenta una visión unificada e inspirada para estas dos vías de santificación de la vida. Muchas de sus obras tempranas, mientras estaba centrado en su hermandad ascética y no aún en el pastoreo, eran devotas de la exaltación a la virginidad. Muchas de sus obras escritas mientras pastoreaba y predicaba a las familias proveen guías concretas a los cristianos sobre como conducir sus matrimonios espirituales, sus familias monásticas, y sus iglesias domésticas (13).

¿Cambió Crisóstomo? Algunos teólogos contemporáneos y clérigos están incómodos en el mejor de los casos, y avergonzados en el peor, con las obras ascéticas de Crisóstomo y su celosa promoción de la vida monástica y obras tales como Sobre la VirginidadContra los que se oponen a la vida monásticaCartas a Teodoro caído, o Comparación entre un rey y un monje. Puesto que los últimos escritos de Crisóstomo exaltaban tanto la vida matrimonial y no cesaban de hablar del potencial espiritual para la vida familiar cristiana, estos mismos críticos sugieren que Crisóstomo cambió o maduró en sus opiniones ya que adquirió mayor experiencia pastoral. Estos mismos pensadores sugieren que no debemos dar demasiada importancia a los primeros trabajos de Crisóstomo, y afirman que están en contradicción con sus últimos trabajos sobre el matrimonio y la virginidad. Expongo que tal interpretación de Crisóstomo es errónea y debería ser completamente rechazada. Sugiero que tal noción es ilógica, contraria a las propias palabras de Crisóstomo, e insultan al mismo santo, e incluso impía. Los que sugieren tales cosas en realidad revelan de este modo sus propias mentes y se incomodan con los que están a favor de Crisóstomo.

Crisóstomo nunca se sintió incómodo con su celosa promoción de la vida monástica, ni perdió su celo por la vida virginal. Cambió en el transcurso de su vida. Cualquier santo cambia de gloria en gloria. El cambio de San Juan no era un cambio del error a la verdad, o del desprecio al matrimonio a su valoración. Cambió su énfasis y tácticas debido a la variedad de circunstancias que Dios le aportó en su vida. Por ejemplo, cuando estaba entre los ascetas, escribió para ascetas, y cuando se convirtió en un pastor de familias se entregó a la exaltación de la vida marital y parental. Donde quiera que estaba utilizaba su gran poder para alzar a sus seguidores cristianos hacia el reino celestial. Sugerir, incluso implícitamente, que no se puede argumentar que su gran formación de la vida cristiana es la vida monástica, mientras que al mismo tiempo veneraba y alababa la vida matrimonial, es ilógico. Exaltar lo mejor no es denigrar lo bueno. Eso es uno de los principios centrales de la temprana obra de Crisóstomo “Sobre la Virginidad”. A nuestros monjes no se les permite ser monjes porque desprecien el matrimonio, pues tal es la enseñanza de los herejes, según San Juan. No solo defendió el matrimonio de la crítica herética cuando era un joven asceta, sino que continuó exaltando la virginidad cuando vivía entre los matrimonios y les enseñaba las glorias de la vida familiar. Para Crisóstomo, los matrimonios cristianos debían tener su mirada puesta en los monjes, en los que viven la vida angélica.

En ninguna parte de la obra de Crisóstomo ha renegado, cambiado, rechazado o modificado sus opiniones sobre la supremacía de la virginidad y de la vida monástica. Por el contrario, encontramos todo lo opuesto. Encontramos a Crisóstomo reafirmando sus enseñanzas sobre este tema sin revisión en varios puntos significativos de su ministerio. Por ejemplo, sus series sobre 1ª de Corintios, expuestas como sacerdote en Antioquía, contienen referencias a su temprana obra ascética Sobre la Virginidad. Cuando expone el séptimo capítulo de esta carta, la muy detallada y clara enseñanza del Nuevo Testamento sobre la supremacía de la vida célibe, en vez de dar detallada instrucción a su rebaño les remite a su obra Sobre la Virginidad como la gran morada de su enseñanza sobre este tema. Ninguna alteración. Ninguna renuncia. Solo reafirmación. Una vez más, si examinamos la última de sus obras en ser publicada, su Comentario sobre los Hebreos, publicada póstumamente por el sacerdote Constancio, nos encontramos allí, en su comentario del capítulo trece, nuevamente la clara enseñanza sobre la centralidad y supremacía de la vida monástica. Crisóstomo mantuvo su consistente enseñanza durante su ministerios. No comenzó su obra escrita como un extremista juvenil, sino como un maduro y formado pensador. No sería promovido a tal rango en la Iglesia de Antioquía mientras fuera un detractor del matrimonio. Ni guiaría a Santa Olimpia y sus monjas, ni alentaría a los monjes del mundo mientras el obispo de Constantinopla fuera receloso de la vida monástica.

Si yo fuera presionado a documentar cualquier cambio en los temas de Crisóstomo referiría simplemente un aspecto de su visión en la relación entre los matrimonios cristianos y los monjes, que podríamos llamar un tema político. En su Comparación entre un rey y un monje, Crisóstomo argumentó que los padres deberían educar a sus hijos por medio de los monjes, que están mejor equipados, como verdaderos guardianes de la sociedad cristiana, para formar a los jóvenes. En una obra posterior, y probablemente con más realismo pastoral, Crisóstomo postula que su propuesta anterior sobre la tutela monástica no fue siempre práctica, y que los padres simplemente deben elegir a los mejores maestros para sus hijos (14).

Estudio de la Biblia en la vida cristiana. San Juan no hizo exactamente un intenso modelo dedicado al estudio de la Sagrada Escritura, pero se esforzó por inculcar en los fieles la lectura de la Biblia leyéndola en las vidas de sus parroquianos. La devoción de Crisóstomo es vista no sólo en su centrada memoria y en la mediación total de las Escrituras, sino también en el amoroso trabajo que hizo de la exégesis. Sus comentarios sobre las catorce epístolas de San Pablo, así como de los Evangelios de Mateo y Juan, y los Hechos de los Apóstoles, muestran qué importancia otorgaba a cualquier palabra de la Escritura para la vida del cristiano y de la Iglesia. Y no sólo se dedicó al Nuevo Testamento, sino también al Antiguo Testamento. Sus homilías sobre los libros del nuevo Testamento tienen, literalmente, miles de citas del Antiguo Testamento, del que sacó todos los paradigmas fundamentales para su comprensión tipológica del Nuevo. También se entregó al extenso comentario sobre libros seleccionados del Antiguo Testamento tales como una múltiple serie homilética sobre el primer libro de Moisés, llamado Génesis, extensos comentarios sobre el Salterio, y sobre otros libros de Sabiduría como Proverbios, Eclesiastés y Job. Predicó sobre la vida de Saúl, David y Ana la profetisa. Explicó las profecías de Isaías. Su trabajo fue inmenso. No tenemos tan amplia obra en la literatura patrística griega como la de San Juan Crisóstomo.

Consideró que la ignorancia de las Escrituras entre los laicos era la causa suprema de la debilidad de la Iglesia y del eclipse de su testimonio. Pidió a sus fieles que leyeran las lecciones litúrgicas apropiadas antes de venir a la Divina Liturgia para que pudieran entender el texto y la homilía más adecuadamente. Estimuló a su pueblo a discutir las lecturas y la homilía en sus hogares tras los servicios, usando la imagen de una flor cogida recientemente con los dedos con el fin de examinar su belleza desde todos lados. Los cristianos deben hablar de las lecturas y la homilía alrededor de la mesa en el día del Señor, y el padre de familia debe cumplir con su obligación de leer la Sagrada Escritura a su familia todos los días sin falta.

La riqueza y la pobreza. Otra área de la ética cristiana en la que Crisóstomo se hizo popularmente famoso en toda la historia de la Iglesia es en la riqueza y la pobreza. Su tratado condensado más famoso sobre este tema es encontrado en una colección de siete sermones que dio sobre el pasaje del hombre rico y Lázaro. Muchos pasajes del Comentario sobre los Hechos de los Apóstoles de San Juan, son estimados por su conmovedora enseñanza acerca de las posesiones y las riquezas. Crisóstomo no se cansaba de alabar la forma comunal de la vida de la Iglesia primitiva de Jerusalén, y siguió alentando a sus fieles a comer juntos como una manera de ahorrar dinero y poderlo proporcionar así a los necesitados. Una extensa referencia al enfoque cristiano de la riqueza se encuentra en toda su obra, que fue uno de los principales temas de su vida.

Cortado del mismo patrón divino, como Santiago el hermano del Señor, Crisóstomo consideraba su responsabilidad de hablar la verdad a los ricos sobre su responsabilidad de cuidar de las necesidades de sus hermanos menos afortunados. Todos los principios fundamentales de la ética cristiana que implican el uso del dinero se encuentran expresamente presentes en Crisóstomo. Explica la naturaleza de la verdadera riqueza, como la adquisición de la virtud. Explica el motivo del lucro como la bendición de Dios por la cual uno podría ser capaz de ayudar a los menos afortunados. Siempre quemó en la conciencia de su pueblo una repulsión a lo que él considera que es la más repugnante palabra que se puede articular: “mío”. Y no habló de simples generalidades, sino que alentó a sus ricos parroquianos a construir iglesias en sus fincas, a proveer el salario para el sacerdote y el diácono para que los campesinos que vivieran cerca de la finca pudieran ir a la iglesia regularmente y tuvieran sus necesidades espirituales atendidas. Criticó el uso extravagante del dinero para la ornamentación con oro de los techos, y el gasto de grandes sumas de dinero en zapatos de lujo y en lujosas joyas. Aconsejó en lo que respecta a la arquitectura y la construcción de viviendas, pues una buena casa debe ser como un buen zapato: debe tener un ajuste perfecto. No debe ser demasiado grande para derrumbarse y hacer que uno tropiece, y debe tener un dormitorio a un lado con una placa sobre la puerta de entrada en el que se lea: Habitación de Jesús. Allí se debe alojar al visitante, al pobre, o al enfermo, con la convicción de que tanto como esté esa persona en la residente es Jesús mismo quien reside en el hogar. Cada familia debe colocar una pequeña caja para la limosna cerca de su rincón de oración y depositar algo antes de comenzar las oraciones con el fin de abrir el cielo a nuestras súplicas.

IV. San Juan Crisóstomo y los cristianos del siglo XXI

Todo lo anterior son áreas en las que Crisóstomo siempre fue apreciado por nuestros antepasados, y continúa ejerciendo su influencia en la actualidad. En esta última parte de la conferencia, me gustaría centrarme en lo que percibo como áreas en las que la vida y las enseñanzas de San Juan Crisóstomo pueden proveer una asistencia particular a los cristianos del siglo XXI. La Iglesia se encuentra en este nuevo milenio frente a particularidades únicas, que piden una palabra articulada de los santos padres para guiarnos por desafíos únicos de la vida postmoderna.

La santificación de la vida urbana en la era de la urbanización global. Vivimos en este tiempo, en un momento histórico. Algunas veces, en los siguientes pocos meses, los demógrafos predicen que, por primera vez en la historia, más de la mitad de la población humana vivirá en ciudades. Los próximos 25 años se espera presenciar un aumento radical en lo que ya se ha convertido en décadas de urbanización a gran velocidad. Este aumento será más grave en los países en desarrollo, y gran parte de ello no será un movimiento a las mega ciudades sino a las ciudades de medio millón de habitantes o menos. Con tal reubicación intensiva de la población y el creciente número y la importancia de las ciudades del mundo suceden enormes consecuencias sociológicas, políticas y económicas. Esto es particularmente cierto si el crecimiento no es un crecimiento planificado, como está ocurriendo en Dhaka, Bangladesh, donde 3,4 millones de una ciudad de 13 millones de personas, viven en barrios marginales. En 1987 visité Dhaka y fui testigo del inmenso desbordamiento y destrucción humana de la que fue fruto la improvisada y radical urbanización. La crisis sanitaria, el acceso al agua, la pobreza, todo esto está concentrado en las ciudades, y sin embargo estas mismas ciudades son la vía para que muchos abandonen tales dificultades. La Urbanización es uno de los temas centrales del siglo XXI. Actualmente se está prestando mucha atención a la realidad física de la urbanización, pero poca a las realidades espirituales. Las iglesias, el clero, los recursos espirituales y caritativos, todos estos son inmediatos y sólo como ayudas concretas a la urbanización.

Aquí es donde el testimonio de San Juan Crisóstomo brilla tan resplandecientemente y no deja de exponer tal importancia para nosotros hoy en día. Crisóstomo era un hombre de ciudad. Nacido y criado en una de las principales ciudades del Imperio Romano, Antioquía, terminó su vida en Constantinopla. No llevó una vida separada de las multitudes de la creciente ciudad. Conocía el flujo humano. Le encantaba y trató de salvarlo. San Juan consideraba que los cristianos debían ser los salvadores de la ciudad, los guardianes de la ciudad, los mecenas de la ciudad, así como sus maestros (15). Además de su propia experiencia práctica de la ciudad, de su herencia intelectual helénica, San Juan poseía una tremenda apreciación de la πόλις (polis) como el verdadero centro de la civilización (16). Ningún padre de la Iglesia nos ha dejado una visión tan articulada para la santificación de la ciudad como San Juan Crisóstomo. Es nuestra labor cristiana sondear sus profundidades para la elaboración de una visión responsable del ministerio cristiano en este contexto urbano.

Al hacerlo, debemos tener en cuenta una serie de cosas. Crisóstomo creía que la Iglesia santifica a todos. Las ciudades debían estar llenas de iglesias. Crisóstomo las construyó y sirvió en ellas, y creía que no había absolutamente nada sustitutivo para los cristianos urbanos como participar regularmente en los divinos servicios de la Iglesia. El caos y el bullicio de la vida urbana, es regulado, santificado y elevado por la participación en las oraciones de la mañana y de la tarde ofrecidas en los templos de Dios. Crisóstomo esperaba ver a su pueblo en la iglesia muchas veces durante la semana, y muchas de sus famosas homilías no eran ofrecidas en el Día del Señor, sino durante las oraciones semanales. Crisóstomo también creía que la llave para santificar la ciudad era santificar el hogar. La calidad de la vida en el hogar determinará la calidad de la vida de la ciudad. Todo trabajo legítimo debe ser aceptado como verdadera vocación, y es deber del clero ayudar a los fieles a apreciar su trabajo como medio para servir al Señor Dios.

Los cristianos de la ciudad también deben, según el santo, hacer peregrinaciones regulares fuera del bullicio de la ciudad a las ermitas de los santos mártires y a las moradas desiertas de los santos monjes. La práctica regular de las peregrinaciones es de gran importancia para los que viven en las moradas densas y llenas de presión de la ciudad. Y aunque deberíamos visitar las ermitas fuera de la ciudad, deberíamos también establecer en la ciudad la fuerte presencia monástica. Hacer de la ciudad un monasterio era el sueño de Crisóstomo. Aunque tenemos sólo un pequeño número de monasterios en nuestra tierra, sin embargo, la mayor parte de ellos están fuera de la ciudad. Crisóstomo experimentó algo casi diferente, y más tradicional. San Juan promovió e invirtió en la perfección de la vida monástica de la ciudad. ¿Dónde estaba el convento de Santa Olimpia, sino en el centro de Constantinopla ? ¿Dónde estaba el monasterio del monte Isaac, sino en el centro de Constantinopla ? El monaquismo de la ciudad proporciona un refrescante recuerdo de las ambiciones celestiales para los que viven en la ciudad, y una fuerza poderosa en la expresión política y concreta del cristianismo en nuestros centros urbanos. Crisóstomo ejerció una gran fuerza para luchar contra lo que consideraba una cultura urbana sensual y demoníaca y poder así cristianizarla. No se contentó solo con observar, y mucho menos con participar en la corriente infinita de las diversiones ilícitas y de las distracciones espirituales que las grandes ciudades de este mundo caído se producen inevitablemente. Atacó las formas paganas de la celebración de bodas, el teatro, los excesos públicos, el hipódromo y la inmodestia de los baños romanos (17). San Juan Crisóstomo nos puede ayudar mucho en nuestra búsqueda para santificar la vida de la ciudad en esta época de urbanización radical.

La importancia suprema de la membresía eclesial del hombre en la era del individualismo radical

San Juan enseñó que la κοινωνοία (koinonia) de la Iglesia es un profundo milagro. ¿De dónde es el origen de la Iglesia? ¿De dónde surgió nuestra sagrada comunidad, hermanos y hermanas? No tiene una simple fundación humana. Los apóstoles no solo se reunían juntos y vivían con la idea de esta organización, con determinados objetivos, miembros o cuotas. No, en absoluto. La Iglesia es la continuación del milagro del Nacimiento de Cristo. El Hijo de Dios se encarnó en el vientre de la Santa Virgen y nació en el mundo. El Hijo de Dios se encarnó progresivamente en el establecimiento y propagación de la Iglesia en el mundo. La iglesia es Su verdadero Cuerpo, la milagrosa expansión de su Encarnación en el mundo. El origen sobrenatural de la Iglesia está demostrado, según San Juan Crisóstomo, por el milagro que tuvo lugar sobre la preciosa y vivificadora Cruz. Cuando nuestro Salvador estuvo colgado de la cruz, fue traspasado por una lanza, y de repente surgió sangre y agua de su divino costado (18). Esta sangre y agua es el Santo Bautismo por el que somos incorporados a la Iglesia, y la Santa Eucaristía por la que crecemos en la Iglesia. Estos santos misterios surgieron del costado de nuestro Salvador de la misma forma que Eva fue creada del costado de Adán. La Iglesia es la Esposa de Cristo, y así fue tomada de su costado mientras que la cruz es como un fruto de su sagrada expiación. Es un milagro de la nueva creación.

Nuestra unidad en la Iglesia, según Crisóstomo, es una maravilla sobrenatural. En la Iglesia experimentamos una íntima unión con Jesucristo. Esta realidad de ser “en Cristo” es la imagen más utilizada por el gran apóstol Pablo para describir la vida cristiana. La vida cristiana es una vida de Iglesia, pues por el Santo Bautismo somos incorporados a Cristo y Su Iglesia. Como cristianos, poseemos una unidad mucho mayor que la de las organizaciones terrenales. Compartimos un vientre común, una madre común en la Iglesia, un Padre común en Dios, una mesa común de la que comemos nuestro alimento de vida eterna, un lenguaje común en la doxología, una búsqueda común, un espíritu vivificador común, una ética común y un destino común. Esta unidad está expresada en cada Divina Liturgia según San Juan Crisóstomo en nuestra participación en la Santa Eucaristía en la que nos actualizamos juntos como Cuerpo de Cristo. Esta es la razón por la que celebramos la Santa Liturgia con un único y santo cáliz. Este sagrado cáliz testifica nuestra unidad. Aunque debiéramos distribuir la Santa Comunión en múltiples cálices no bendecimos múltiples cálices. Consagramos solo uno, y luego traemos otros cálices vacíos y los llenamos del primer sagrado cáliz.

Nuestra experiencia de la Iglesia es transformadora. La santidad de nuestra comunidad se testifica por lo que sucede realmente cuando nos reunimos en torno al sagrado altar. Los servicios divinos son el único agente más poderoso de la santidad personal. “Nada contribuye a una forma de vida más virtuosa y moral como lo hace el tiempo que estáis aquí en la Iglesia” (19). Hay gracia tras cada acción de la Santa Liturgia. Crisóstomo a menudo habla con elocuencia sobre los movimientos del servicio litúrgico. Cuando el diácono exclama: “En pie, estemos atentos”, se dirige principalmente a nuestras almas, y no solo a nuestros cuerpos. La predicación santifica. La Santa Eucaristía reaviva e inflama nuestras bocas, la sangre es pintada en los dinteles de nuestros cuerpos y el ángel de la muerte se aleja de nosotros. Nada es más precioso, más centrar, más transformador y milagroso en nuestra existencia humana como la vida en la Iglesia.

Con el don de esta sagrada comunidad se exponen sagradas obligaciones a todos los cristianos. La verdadera comunidad sagrada es el poder de la Iglesia. Escuchemos las palabras de Crisóstomo:

“Prefiramos el tiempo que estamos aquí en la iglesia a cualquier ocupación o preocupación. Decidme: ¿Qué provecho obtenéis que pueda compensar la pérdida que obtengáis para vosotros y para todas vuestras familias cuando os alejáis de los servicios religiosos? Suponed que encontráis un gran tesoro lleno de oro, y este descubrimiento sea una razón para mantenerlo oculto. Habéis perdido más de lo que encontrasteis, y vuestra pérdida es tan grande así como las cosas del espíritu son mejores a las cosas que vemos. La asistencia a los servicios religiosos alienta grandemente a vuestros hermanos y hermanas en la fe y en la batalla espiritual… la Iglesia fue de 11 a 120 y de tres mil a cinco mil en el mundo entero y la razón para este aumento era que nunca abandonaban su reunión. Estaban constantemente juntos, pasando el día entero en el templo, y dirigiendo su atención a las oraciones y lecturas sagradas. Esta es la razón por la que se encendió un gran fuego. También nosotros debemos imitarlos” (20).

Crisóstomo enseñó que las responsabilidades comunitarias de los cristianos excedían la simple necesidad de ser fieles participantes en los divinos servicios. Los exhortó a ser responsables unos de otros, y a funcionar como una verdadera familia. Si un cristiano fiel es amigo de un cristiano perezoso, el fiel debe acudir al perezoso el domingo y, literalmente, arrastrarlo a la liturgia. Comentando el salmo 50, Crisóstomo afirmó que si un cristiano inmoral fuese visto por otros miembros de la congregación estando en la fila de la comunión, los fieles deberían informarlo inmediatamente al sacerdote para que pudiera ser excluido de la comunión. Si un creyente cristiano escucha a su hermano blasfemar, le debe golpear en la boca, “y santificar su mano derecha”. El panorama de la responsabilidad comunitaria es clara, y en nuestro contexto individualista, vive y deja vivir, parece extremo. Pero Crisóstomo conduce a los miembros de la Iglesia a un nivel muy elevado y supone que hay muchas responsabilidades comunes asociadas a ella y diseñadas por un Dios amante que trabaja por la salvación de la comunidad entera. Y las responsabilidades no se disponen únicamente en los laicos. El clero debe ser un serio pastor. No deben abandonar a su rebaño y dejarlo en peligro. Un ejemplo de tal serio pastoreo puede ser encontrado en la propia vida de Crisóstomo como sacerdote en el momento de los disturbios por los impuestos en Antioquía. San Juan predicó una serie de 21 sermones durante los tensos días que siguieron a los disturbios. Durante estas series Crisóstomo intentó reformar a su pueblo con respecto a la costumbre de jurar. Nada menos que 15 veces tuvo que abordar San Juan el tema en un período de tan solo unas semanas, sermón tras sermón. Sabía que su pueblo estaba muy cansado de las predicaciones con el mismo enfoque, y sin embargo, no dejaban su mala costumbre y Crisóstomo rehusó a que siguieran adelante. Finalmente reconoció sus quejas y les aseguró que podrían seguir adelante si lo deseaban. Solo necesitaban dejar de murmurar y podrían seguir adelante. Estaba completamente en sus manos. Era un ferviente médico, y no un profesional o un hombre espectáculo. Insistía en la mejora de sus pacientes. El resultado fue que disminuyeron los juramentos y Crisóstomo continuó adelante, pero el punto más importante de la vida en la Iglesia había sido expuesto por el santo. La vida que llevamos en la Iglesia es una vida centrada en el cambio personal.

Hermanos y hermanos, muchos ortodoxos no tienen una auténtica experiencia de lo que es la verdadera vida eclesial. No apreciamos el milagro de la vida en la Iglesia, y nos contentamos con un individualismo vacío y distante. Un espíritu maligno de “sólo Jesús y yo, cariño”, ha impregnado gran parte de la cristiandad americana de hoy en detrimento de nuestra nación. Nuestra fe nos enseña que no hay dicotomía entre Jesús y la Iglesia. Nuestro Salvador no es una cabeza flotante que se aparta de la comunión con su sagrado Cuerpo. La membresía eclesial del hombre está en baja forma en estos últimos tiempos. San Juan Crisóstomo se sitúa ante el trono de Dios dispuesto a iluminarnos a todos sobre el milagro de la sagrada comunidad, y a salvarnos de la muerte de la auto adoración (21). Esta era de individualismo y juego religioso es un tiempo para el pastoreo serio, para el avivamiento de la membresía eclesial del hombre y para la obediencia sagrada a la Iglesia.

La llamada a confiar en el Señor en una era de ansiedad profunda. Además de ser una era de urbanización y individualismo radical, la vida contemporánea es una era de ansiedad profunda. El siglo XX ha sido llamado por algunos intelectuales como la “era de la ansiedad”. Es un hecho científico el que los últimos 100 años han sido testigos de un marcado aumento en los niveles de ansiedad y de numerosas patologías, como la depresión, que surgen de la ansiedad profunda. En un artículo de gran autoridad y ampliamente distribuido, titulado ¿La era de la ansiedad? Nacimiento, generación y cambio en la ansiedad y el neuroticismo, 1952-1993, (22), y publicado en el Journal Of Personality and Social Psychology, Case Western Reserve University, el psicólogo y profesor Jean M. Twenge, documenta mediante dos meta análisis de varios grupos sociológicos americanos el efecto de los cambios culturales en el desarrollo de la personalidad. Twenge documenta el incremento de los niveles de ansiedad en nuestra cultura en el último medio siglo, y expone que estos cambios en el amplio entorno sociocultural han sido una causa importante: cambios tales como el incremento del crimen (23), preocupaciones relativas a la guerra nuclear, el temor a enfermedades como el SIDA, y la entrada de la mujer en la educación superior o en el entorno laborar (lugar de gran estrés). Estos factores contribuyentes son exacerbados por los medios de comunicación, lo cual conduce a una mayor percepción del ambiente en general.

Mucha gente visita más al médico por la ansiedad que por un resfriado. La ansiedad es un factor que predispone para una mayor depresión y un intento de suicidio. Otra área en la que los niveles de ansiedad pueden ser medidos es en la prevalencia de los tratamientos de drogas para la ansiedad y la depresión. El uso común del Prozac, tan común que en un tiempo reciente algo más de una cuarta parte de la población estadounidense adulta se había tratado con él, es una señal importante. La depresión es una epidemia en nuestra sociedad. Vivimos en una época de melancolía. Muchos de nuestros padres espirituales contemporáneos, como el anciano Paisios del Monte Athos, han abordado la ansiedad del hombre moderno. El anciano Paisios enseñó que el hombre moderno está afectado por tres dolencias únicas: el divorcio, el cáncer y la enfermedad mental y la ansiedad. Por su gran amor al prójimo, el padre Paisios quiso asumir parte de la carga. No podía soportar el dolor del divorcio, ya que no estaba casado, y no quiso sufrir la enfermedad mental y la ansiedad, ya que podría haber afectado a su oración. Así que oró y recibió el cáncer, y enseñó a los hombres modernos cómo llevarla por Dios. Escribió que el cáncer, con su típico proceso interminable de exterminio de su víctima, ha conducido a un número incalculable al arrepentimiento y han poblado el paraíso.

Nos hemos convertido en gente ansiosa porque nuestros pecados han aumentado, y nuestra fe se ha debilitado. El siglo XX ha sido un sigo de ansiedad aguda, ya que ha sido un siglo de horrible violencia y libertinaje desenfrenado. Hace varios años, en un esfuerzo por entender mejor el siglo XX, leí la Historia del siglo XX, en tres volúmenes de Sir Martin Gilbert. Esta obra maestra me dejó con un profundo conocimiento del siglo XX como el más violento siglo de la historia de la humanidad. Este es un juicio hecho por las guerras mundiales y las atrocidades contra los derechos humanos que han socavado este siglo. Cuando el nuevo holocausto del aborto, que ha quitado la vida de más de 50 millones de niños neonatos en los últimos 34 años, se toma en cuenta de que la violencia se ha convertido en el motivo de la definición de este siglo. La violencia fue el pecado particular de la era de Noé, lo cual provocó la ira del Señor Dios trayendo el diluvio universal sobre la humanidad (24). Ciertamente, el Todopoderoso no puede estar satisfecho con los últimos cien años, un siglo que muchos querrían olvidar.

Nosotros los creyentes cristianos debemos abordar de frente la preocupación por nuestra cultura. Somos llamados por Jesucristo para dar testimonio con nuestra confianza en Él en una época de ansiedad (25). Debemos vivir una vida serena confiada en el Señor, la vida de la fe, y tener a nuestro prójimo como nuestro fideicomiso. San Juan Crisóstomo puede ser de gran ayuda para nosotros en este llamamiento. La vida de Crisóstomo estuvo llena de dolores terrenales: la pérdida de su padre cuando era un niño, y la de su madre y su hermana cuando era un muchacho; las enfermedades físicas, las tormentosas pasiones; un turbulento e inestable ethos, tanto civil como eclesiástico (26); secuestro y exilio; inmensas responsabilidades pastorales; oposición sostenida; falsas acusaciones por sus hermanos los obispos en el sínodo del Roble; desprestigio imperial y el destierro y la muerte en el exilio. Sí, suena como la vida de un santo, ¿no? Una gran cruz con la que el santo decidió cargar.

En medio de estas mismas penalidades, Crisóstomo encontró un gran gozo, y vivió con ellas confiando fervientemente en la voluntad de Dios. Sus más preciados escritos sobre este tema de la fe en el tiempo de la ansiedad son, sin duda, aquellos que fueron escritos mientras estaba en el exilio. Aquí tenemos palabras elaboradas en los más ardiente del horno, y vemos el triunfo de su fe. Me gustaría llamar la atención particularmente sobre dos tratados. Estos dos tratados fueron compuestos por Crisóstomo en el exilio, no mucho antes de su muerte, para confortar a su querida amiga la diaconisa, Santa Olimpia, que estaba sufriendo una profunda depresión debida al destierro de su padre espiritual.

El primero es una pequeña obra, unas quince páginas, titulado Quien no se perjudica a sí mismo nadie puede perjudicarlo. En este hermoso tratado, Crisóstomo enseña que sólo hay una cosa en la vida a lo que debemos temer, sólo una cosa por la que debemos preocuparnos. Y eso es el pecado. Es lo único que debemos temer, y si no lo tememos, entonces nunca tendremos que temer nada en absoluto, pues el buen Dios se encargará de que nada le perjudique si se pone la confianza en Él. Encomiendo a cada uno de ustedes la lectura de este profundo tratado. El segundo tratado es más largo, quizá de unas cien páginas, es el titulado Sobre la Providencia. En este tratado más extenso, Crisóstomo ofrece numerosas justificaciones de la razón y la creación para poner la confianza plena en el gobierno del Señor Dios y recuerda a sus lectores la seguridad de ser hijos de un Dios que es Padre Todopoderoso. Dios tiene el corazón de un Padre para nosotros, y los recursos del Todopoderoso para poner el corazón de un Padre en acción. No hay sufrimiento soportado en la fe del creyente que no sea redentor. Y por último, Crisóstomo llama a los creyentes a permanecer en reverente silencio ante los resultados y desarrollos que están más allá de nuestra comprensión humana. El silencio confiado es la mejor respuesta a los hechos que no podemos entender. Fue con esta fe, con esta serena confianza en el Señor Dios, como Crisóstomo llegó a su fin, yació, recibió los Santos Dones, hizo la señal de la Cruz, y pronunció sus últimas palabras, con las que concluiré mi conferencia: “Gloria a Dios por todas las cosas”.

Notas finales

1. El título “Crisóstomo”, fue registrado por primera vez por el papa Virgilio en el año 553: Constitutum Vigilii Papae de tribus capitulis(PL 69:101).

2. Esta triple división se refleja en el subtítulo de la más reciente biografía de Crisóstomo en lengua inglesa, por J. N. D. Kelly (1995), titulada: Boca de Oro: La Historia de Juan Crisóstomo, asceta, predicador y obispo, Cornell University Press: Ithaca, N.Y. Para una contribución más reciente en alemán, pero con traducción inglesa, recomiendo Rudolph Brändle (1999) Johanes Chrysostomus: Bischoff-Reformer- Märtyrer, Köln: Kohlhammer: Berlin. Traducción inglesa de Joh Cawte y Silke Trzcionka (2004), Saint Paul’s Publications: Strathfield, Australia.

3. Muchos de los discursos de Libanio son existentes, y existe una buena colección en lengua inglesa en la serie de Loeb.

4. Thdr. I.51-52; SC 117, p. 50.

5. Así de estimada fue la predicación de San Juan, que a menudo se le pidió predicar en presencia y con frecuencia en lugar del obispo u obispos presentes. Algunas de sus homilías de este período reflejan la posición poco envidiable de Crisóstomo, siendo el primer predicador en ser seguido tras la entrada de un obispo. En estos casos, sin embargo, Crisóstomo debía eclipsar inevitablemente a su predicador sucesor, cuidadosamente unía su sermón con agradecimiento y alabanza para el obispo a fin de suavizar la transición.

6. El biógrafo más famoso de Crisóstomo del siglo XX, Chrysostomos Baur, explicaba que Crisóstomo escribía más que predicaba, y que muchas de las que consideramos homilías, de hecho nunca fueron predicadas. Baur es el único que tiene, verdaderamente, esta opinión.

7. Las Homilías de Crisóstomo a los Hebreosfueron publicadas por el sacerdote Constancio tras la muerte de San Juan. Han tomado las notas del copista para que podamos ver en ellas algo oculto al contenido homilético pre-editado.

8. Fue llamada así porque conducía desde el norte a Constantinopla, Nueva Roma.

9. El obispo Nectario, predecesor de Crisóstomo, fue el favorito del emperador Teodosio y fue elegido para el trono de Constantinopla cuando aún era laico.

10. El synodos enthemousa tuvo lugar bajo su predecesor Nectario.

11. El historiador de la Iglesia Sócrates relata que Crisóstomo predicó predicaba desde el ambón, no en el lugar alto, porque su voz no era fuerte.

12. San Jerónimo, que probablemente pasó algún tiempo en Antioquía mientras Crisóstomo estaba predicando, comentó muchas de sus obras, y lo mencionó en su famosa Hombres Ilustres. San Agustín de Hipona estaba versado en la obra Sobre el Sacerdocio de Crisóstomo.

13. Los que quieran explorar este tema particular más profundamente son dirigidos a mi disertación doctoral que será publicada por St. Herman Press en los próximos meses, titulada Ángeles terrenales: Matrimonio y Virginidad según San Juan Crisóstomo.

14. Sobre la Vanagloria y la correcta educación de los hijos.

15. Homilía 1 sobre las estatuas, NPNF, p. 343.

16. Esto está más claro en sus Homilías sobre las Estatuas, expuestas en el año 387, justo en el momento de los disturbios por los impuestos. Mediante estas homilías Crisóstomo apela al orgullo de su congregación por pertenecer a una πόλις (polis) tan estimada, trayendo a la memoria la distinguida historia de Antioquía, y hace un llamamiento a sus oyentes para que demuestren que son dignos de la grandeza de la ciudad por su virtud.

17. La sustitución de los baños públicos por los baños privados es, en gran parte, fruto de la visión cristiana y de la predicación de Crisóstomo y de otros santos padres de su tiempo. Ward Roy Bowen (1992), Las mujeres en los baños romanos, en Harvard Theological Review, 85:2.125-47. Los principios de la cristianización de los baños públicos deben ser aplicados hoy al reciente florecimiento de los gimnasios mixtos, que comparten muchas de las características del antiguo baño público romano.

18. Cat. Ill 3, 17

19. Homilía 12, Sobre la incomprensibilidad de la naturaleza de Dios.

20. Homilía 11, Sobre la incomprensibilidad de la naturaleza de Dios.

21. Para los que deseen explorar más plenamente la eclesiología de San Juan Crisóstomo y la inmensa visión de la vida de la Iglesia, recomiendo al protopresbítero Gus George Christo (2006), La identidad de la Iglesia establecida a través de las imágenes según San Juan Crisóstomo, Rollingsford, New Hampshire: Orthodox Research Institute.

22. Twenge (2000), Journal of Personality and Social Psychology, vol. 79, nº 6, 1007-1021.

23. El artículo de Twenge no aborda el holocausto del aborto en los últimos 34 años. La madre Teresa de Calcuta articuló poderosamente el punto como ningún otro pues, mientras que una sociedad sanciona el más violento crimen posible, el asesinado de un niño en el vientre por su propia madre, no existe ninguna posibilidad de controlar otros violentos delitos.

24. Génesis 6

25. Quizá ahora, más que en cualquier otro momento de la historia de la Iglesia, las tres peticiones por la paz de la Gran Letanía que abre la Divina Liturgia resuenen con gran poder entre los miembros de la congregación.

26. Cuando era un sacerdote recién ordenado y me preocupaba por los muchos sufrimientos de los que había tenido conocimiento, cierta monja piadosa, la abadesa Victoria del monasterio de Santa Bárbara, solía aconsejarme: “Padre, si podemos vivir a través del siglo IV antioqueno, podemos vivir a través de todo”. Era un gran estímulo.